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BIOGRAFIAS
Amalia Domingo Soler
(1835-1909)
 
 
 


Su infancia

El 10 de noviembre de 1835 nació en Sevilla Amalia Domingo Soler, que no llegó a conocer a su padre, separado de su madre.

«Como los que vienen a expiar, por regla general, no pueden elegir un hogar risueño, mi venida a la Tierra no alegró a nadie, ni aun a mi pobre madre, que al unirse con mi padre, se unieron los cuerpos, pero no las almas; diversidad de caracteres, distintos gustos y costumbres, opuestas opiniones, algo que no se explica, pero que separa a los seres; mi padre emprendió un largo viaje antes de que yo llegara al mundo, y mi madre, llorando sus perdidas ilusiones, no sentía esa alegría inefable que sienten las mujeres dichosas cuando esperan su primer hijo.»

A los ocho días quedó ciega, pero gracias al tratamiento de un modesto farmacéutico, a los tres meses recuperó la vista, que sin embargo le quedaría muy delicada.

«(....) En mis ojos (que me quedaran muy imperfectos), no sé lo que ella vería, pero lo cierto es que se consagró en absoluto a mí y no tuvo más afán que hacerme dichosa, sin que por su extremado cariño descuidase en lo más leve mi educación. Baste decir que cuando cumplí dos años comenzó para ella la penosa tarea de enseñarme a leer, con tal perseverancia que a pesar de que yo tiraba a la calle todas las cartillas que podía o las rompía con el mayor placer, ella siempre tenía sin duda cartillas de repuesto y ni un solo día dejaba de darme lección, consiguiendo en premio de su afán y su desvelo que a los cinco años leyera correctamente, haciéndome leer en voz alta dos horas diarias, y cuando fui mayor, dos por la mañana y dos por la tarde.
»Nuestros espíritus se unieron de un modo tan admirable, que sólo con mirarnos nos adivinábamos el pensamiento.»

Amalia escribió sus primeras poesías a los diez años de edad, y a los 18 publicó sus primeros versos. Una de sus poesías recuerda los mejores días de su juventud, de sus paseos con la madre y los amigos en los jardines del Alcázar de Sevilla:


A una Rosa
Flor de hermosura ideal,
Bella y delicada rosa,
Yo te contemplé orgullosa
En un jardín oriental.
Hubo un ser que comprendió
Que admiraba tu hermosura;
Temerario te arrancó:
En mi mano te dejó,
Y le miré con ternura.
Otra vez nos encontramos
Y en memoria de la rosa
Cariño eterno juramos;
De amistad pura y preciosa
Un santo lazo formamos.
Hoy tus hojas sin color
Las contemplo y bendigo;
Pues me dieron un amigo
Que es una ignorada flor.



Esta poesía, escrita en su juventud, le fue recordada, muchos años después, por el espíritu desencarnado del amigo citado.


Desencarnación de su madre

A los veinticinco años desencarnó su madre. Durante 3 meses perdió por completo la memoria.
En sus Memorias, Amalia describe cómo, un mes después de haber desencarnado su madre, y aún con la incertidumbre de la supervivencia del alma, le comentó a una de sus amigas su deseo de abrir la tumba de su madre a ver cómo estaba. Y éste fue el hecho que obtuvo como respuesta:

«Llegó la noche, lo recuerdo muy bien. Yo no dormía, estaba bien despierta pensando en lo que había leído aquella noche, que era El genio del Cristianismo. La luz de la luna entraba por los cristales de la ventana y de pronto vi una sombra negra que se destacaba de la blanca pared. Se adelantó lentamente y al darle de lleno los rayos de la luna reconocí a mi madre, ¡era ella!..., con su negro traje, con su blanca toca, y un manto que la envolvía, pero que bajo sus pliegues se adivinaba, mejor dicho, se traslucía un talle esbelto, una figura distinguida. Y no era una alucinación de mis sentidos, no era una evocación, porque yo en aquellos momentos no pensaba en ella. Me incorporé al reconocerla, sintiendo gozo y espanto a la vez, porque vi que su rostro no era ni sombra de lo que había sido, de sus ojos sólo quedaban los cóncavos huecos, su nariz y su barba se unían, quise gritar pero me contuve pensando que se ofendería con mi demostración de invencible terror.
»Se inclinó hacia mí y sentí su aliento tibio. Esto me reanimó, porque yo esperaba sentir la misma impresión que cuando besé su frente antes de colocarla en la caja, que sentí un frío inexplicable. Porque el frío de un cadáver no se parece a ningún hielo de la Tierra.
»-¿Cómo estás? -le pregunté.
»-Echo de menos tus cuidados -y al decir esto me besó. Sus labios tenían el calor natural, todo me decía que aquella aparición era mi madre, pero su rostro no lo podía mirar, y al mirarla pensaba: ¿y esto queda de los seres más queridos? ¡Qué crueldad!»

Después de la visión de esta forma astral, a Amalia se le pasaron las ganas de abrir la tumba de su madre.
Los recursos de que su madre disponía, prácticamente se agotaron en el tratamiento de su salud, y las relaciones con sus familiares (parientes del padre) no eran de las mejores. Así, más allá de la soledad, comenzaron para Amalia días de grandes penurias. Las soluciones propuestas por sus familiares le fueron imposibles de aceptar: entrada en el convento o casamiento arreglado con un señor de mucha más edad, en buena situación financiera.
Ella no quería ser monja, decía: «Mi alma no siente la necesidad de entregarse al ayuno ni a las penitencias; ni encuentro a Dios en los altares de los templos; los conventos me han parecido siempre las mazmorras de la inteligencia... Mi Dios lo encuentro en el Sol, en el aire, en las flores, en las aves, en las montañas, en los ríos, en los mares, en todas partes donde se manifiesta la vida.»
Durante 6 meses sus parientes le dieron una pequeña pensión a cambio de ser la costurera de la casa, al cabo de los cuales le dijeron que aquello era un gasto superfluo y que no podían por más tiempo hacerse cargo de ella.


En Madrid

Amalia se dirigió a Madrid, con la esperanza de encontrar mejores condiciones para vivir, con sus poesías y con un trabajo modesto. Allí podía pagar una pensión y vivir mejor que en Sevilla. Pero sus ojos fueron empeorando día a día, y los oculistas le confirmaron que si no dejaba el trabajo de coser, no tardaría en quedar totalmente ciega.
Tuvo que desprenderse de lo poco que había traído consigo y, puesto que todavía distinguía el relieve de las cosas, visitó a diversas personas, ofreciéndose para llevar cartas o hacer recados de un sitio a otro. Así pudo pasar algún tiempo, pero era poco lo que ganaba. Pasó el tiempo, y no pudiendo pagar su habitación, aceptó una que le ofrecieron gratis en un taller de pintores. Ya no tenía nada que empeñar, e incluso no pudo conservar la tumba de su madre.
Como sus ahorros eran muy exiguos, empeñó toda su ropa y empezó a acudir a las casas donde había trabajado para que le diesen un plato de sopa para comer. Pero la gente no siempre responde como uno quiere o piensa, y algunos le decían que se encerrara en un asilo.
En ese periodo, tuvo que recorrer las instituciones de caridad. En la desesperación del hambre y de la soledad, pensó hasta en matarse. En una noche de gran amargura, en que había perdido la noción de Dios y se debatía en la duda del destino de su madre, ésta se le apareció y le causó una viva impresión.
Conmovida por la visión de su madre, se acordó de la religión y buscó confortarse en ellas, decidiéndose a recorrer todas las iglesias.
Empezó a escuchar sermones que, aunque le transmitían gran admiración, ninguno resolvía el problema de sus dudas, el porqué de las anomalías incomprensibles y de las injusticias sociales. No encontrando solución, empezó a frecuentar capillas evangélicas, donde encontró algo que le hablaba al alma. Y encontró allí, especialmente, una gran amiga llamada Engracia que se compadeció de ella, y de su ceguera. Le aconsejó que visitara a un doctor llamado Hysern, que era un médico homeópata que había tenido muchos éxitos como oculista, habiendo realizado grandes curas.
Le visitó, y el doctor le dijo que tenía los ojos muy mal, que era casi imposible su curación, pero si seguía sus consejos, si se abstenía de mirar con fijeza y olvidaba que tenía ojos, pasado un año, era posible que pudiera recobrar la visión. El doctor se compadeció de ella y le dio todas las medicinas necesarias.
Amalia siguió al pie de la letra las instrucciones del médico, con gran escándalo por parte de las personas por las que había hecho algún trabajo, y que le censuraban el hecho de que se confiara a un médico al cual ellas consideraban medio loco.
Engracia, asimismo, le facilitó la dirección de un palacio en las afueras de Madrid donde daban gratis platos de sopa y algún otro alimento. Acudió allí y encontró una larga fila de personas, unas algo bien vestidas, otras, cubiertas de andrajos, las increpaban por considerarse con más derecho a la caritativa ayuda. Durante tres meses pudo ir a recoger su ración alimentaria, que compartía con la portera del taller.
En cierta ocasión, conversando con un médico que a veces iba al taller de los pintores, Amalia se quejaba de su mala suerte, y el médico, bromeando, le dijo: «Mire, sí creyésemos lo que dicen unos locos que han inventado una nueva religión, todo esto que le ocurre es por estar pagando alguna mala acción de su vida anterior.» Y, viendo lo muy sorprendida y a la vez interesada que había quedado Amalia ante aquellas palabras, le prometió traerle la propaganda que había recibido sobre el particular. Así lo hizo en la siguiente visita, entregando a Amalia el ejemplar de la revista El Criterio y, al ver nuevamente el gran interés con que Amalia se ponía a leerlo, exclamó: «A ver si yo, materialista y escéptico, seré el culpable de que haya otra espiritista.»
Veamos cómo son los propios espíritus los que avisan a Amalia de la recuperación de la vista:

«Una mañana, estando en mi casa cosiendo una túnica que hacía tres meses que me la estaba componiendo, pues sólo podía coser unos quince minutos cada día (y a veces no seguidos), sentí en la cabeza una sensación dolorosa y extraña. Me pareció que toda ella se había llenado de nieve, tal frío experimenté en la frente y en las sienes. Después, me pareció escuchar voces confusas: presté atento oído y creí oír esta breve palabra: ¡Luz! »¡Luz! ¡Luz quiere mi alma y mis ojos! (grité sobrecogida por una impresión inexplicable). Luz necesito. ¡Dios mío!..., y sin saber por qué, lloré, pero no lloré con amargo desconsuelo, muy al contrario, aquel llanto parecía que me daba la vida. Sin darme cuenta de lo que hacía, me miré al espejo y lancé una exclamación de júbilo y de asombro indescriptible al ver que mis ojos estaban perfectamente abiertos, como hacía muchísimo tiempo que no me los había visto, puesto que siempre tenía los párpados tan caídos que parecía imposible que pudiera ver lo poco que vela.
»¿Habrá llegado la hora de recobrar mi libertad?, pregunté en alta voz (como si alguien pudiera contestarme).
»Sí -murmuró una voz muy lejana.»


Una nueva vida

«Desde aquel día -expresa en sus Memorias-, no descansé hasta encontrar una familia espiritista que tuviera las obras de Allan Kardec; se las pedí prestadas, y muy poquito a poco, y con mucho trabajo, empecé a leerlas, o mejor dicho, a estudiarlas.»

Se despertó entonces en ella el afán de tener todas las revistas que se publicaban en España de Espiritismo; para conseguirlo no halló mejor medio que enviar a cada una de ellas una poesía. Desde aquel momento todas las puertas de las revistas y Sociedades espíritas se le abrieron, acogiéndola con cariñosa efusión. Así nos lo cuenta Amalia:

«Comencé mandando a El Criterio una poesía, y entonces recibí una carta muy atenta del Vizconde de Torres Solanot, con un ejemplar de su obra Preliminares del Espiritismo.
»Inmediatamente envié otra poesía al director de La Revelación, de Alicante, y me contestó a vuelta de correo, ofreciéndome las columnas de su revista.»

También dicho director le mandó una recomendación para ser admitida a las sesiones de la Sociedad Espiritista Española, donde consiguió nuevas relaciones y amistades.

«Me convencí -decía- que estaba más ciega del alma que del cuerpo, y para vivir es necesario VER.»

El Criterio número 9, de 1872, publicó en portada el primer artículo de Amalia, titulado «La Fe Espiritista».
La acción de Amalia en favor del Espiritismo ya no cesó. Recibía mucha correspondencia y no paraba de escribir. De todas partes le pedían poesías y artículos. Pero tenía que seguir cosiendo para poder vivir, siempre bajo la amenaza de la ceguera.


La Sociedad Espiritista Española

«Pasaron algunos meses, y estando una noche en la Sociedad Espiritista Española, se habló del aniversario de Allan Kardec, y el vicepresidente de la Sociedad, don Alejandro Benisia, me miró fijamente, se acercó a mí, y apoyando su dedo índice en mi frente, se volvió a sus compañeros y les dijo con gravedad: En la próxima velada que se le guarde un turno a Amalia Domingo, que dentro de esta cabecita hay mucho guardado que a su tiempo dará abundante fruto.»

Y llegó la velada. Pero oigamos a Amalia:

«Aquella noche formó época en mi vida: el 4 de abril de 1874 entré a formar parte de las filas de los propagandistas del Espiritismo; desde aquella noche, cuantas veladas literarias ha celebrado la Espiritista Española, en todas ha resonado mi humilde voz; mi pobreza y mi modestísima posición social ya no sirvió de obstáculo para intimar con aquellos hombres eminentes y aquellas mujeres distinguidas.»

Es importante saber que a la Sociedad Espiritista Española cabe la honra de haber hecho los primeros esfuerzos para constituir una Agrupación Internacional de todos los espiritistas. En 1873 y en 1875 se dirigió a los espiritistas de Viena y Filadelfia, proponiéndoles que, con motivo de las exposiciones universales que en dichas ciudades iban a celebrarse, organizasen el Primer Congreso Espiritista Internacional.

Razones diversas impidieron que sus sugerencias fuesen llevadas a cabo, pero la semilla sembrada fructificó, y más tarde el Centro Barcelonés de Estudios Psicológicos y la Federación Espiritista del Vallès, reprodujeron y llevaron a cabo el proyecto de la Sociedad Espiritista Española.
El I Congreso Espiritista Internacional tuvo lugar en Barcelona durante los días 8 al 13 de septiembre de 1888. A este Congreso asistió Amalia, ocupando la Vicepresidencia, junto a Miguel Vives, Juan Hoffman y otros.

Pero prosigamos con su biografía.

Fernández Colavida le mandó la colección completa de su revista, las obras de Allan Kardec y una carta cariñosísima. Cuando Amalia se vio dueña de los libros de Kardec (por los que tanto había suspirado) su alegría fue inmensa.
Como sus ojos se resentían mucho de aquel abuso de trabajo, le aconsejó su médico que tomase baños de mar. De todas partes le brindaban hogares espíritas para que reposara allí de sus fatigas. El doctor Manuel Ausó, presidente de la Sociedad Espiritista de Alicante, invitó a Amalia; allí podría tomar baños de mar y recibir tratamiento; gracias a sus conocimientos de homeopatía, pudo estudiar y vencer la tenaz enfermedad de Amalia. Entre Alicante, Jijona y Murcia, pasó 4 meses recuperándose de una enfermedad, y, en febrero de 1876, regresó a Madrid, porque no quería vivir a la sombra de su Ideal, ella deseaba ganarse el sustento mientras pudiera continúa trabajando de día y escribiendo de noche.
Al poco tiempo de volver a Madrid recibió la inesperada visita de dos espiritistas catalanes que se dirigieron a ella en los siguientes términos:

«Traigo encargo especial de nuestro hermano Lluís Llach, que es el presidente del Círculo Espiritista "La Buena Nueva" de Barcelona. Le ofrece a usted su casa, mejor dicho, una habitación exclusivamente para usted, porque está empeñado en que viva en su compañía; está casado, con dos hijos: una niña de doce años y un chico de catorce. Es muy buena familia.
»En su casa está el Círculo Espiritista, y todos los domingos tiene sesiones por la tarde, y al despedirse me dijo muy formalmente: "Di a Amalia que la espero, que venga cuanto antes".»


El Círculo Espiritista «La Buena Nueva»

El 20 de julio de 1876 partió hacia Barcelona. Puede decirse que terminó una jornada y empezaba otra de carácter mucho más notable para las letras espiritistas.
Llach le ofreció una habitación de su casa de Gracia exclusivamente para ella. Le proporcionaba alimento y cuanto necesitara, pues estaba convencido de que la misión de Amalia era escribir.
Un almacenista de libros rayados, Josep Arrufat, le dijo que le llevaría gratis todo el papel y demás material de escritorio que precisara. Por su parte, Domingo Galcerán, de Alicante, le enviaba tantos sellos de correo como le hiciesen falta para poder atender su numerosa correspondencia.
Ella agradecía tantos desvelos y amabilidades, y aunque deseaba ganarse la vida con su trabajo, como sus ojos se negaban a responder a su voluntad, siguió los consejos de Lluís, entregándose en cuerpo y alma a la divulgación de la filosofía que le había dado un sentido a su vida.
Llama la atención el hecho de que son los propios espíritus los que, en múltiples ocasiones, la animaban para que escribiera, y le garantizaban su inspiración y cooperación en sus escritos. Tenemos constancia de varios ejemplos que dan fe de ello. En sus Memorias hallamos lo siguiente:

«(...) Al conocer, aunque de modo muy imperfecto, la filosofía espírita (...) aunque asistía a las sesiones sin comprender más que la mitad de las enseñanzas de los espíritus, ¡qué horizontes tan espléndidos vi ante mi pensamiento! Dejé de considerarme cosa animada, y de creerme un ente despreciable e inútil para toda obra buena. Los espíritus en tropel acudían en torno mío y murmuraban en mis oídos:
»¡Mujer, escribe, levántate del polvo, que es tuya la inmensidad! Si ciega estás del cuerpo procura recobrar la luz del alma. (...) Y si tú quieres, a pesar de tu pobreza y de tu ignorancia, puedes ser útil a la Humanidad, puedes transmitir nuestros pensamientos y decir con absoluta certidumbre que el ciego de hoy será el gran astrónomo del porvenir, que el tullido del presente irá mañana en un globo cruzando la inmensidad. Y lo demostrarás con la metamorfosis que se operará en ti misma. Tú darás luz a los ciegos de entendimiento, tú despertarás a los que duermen con el sueño del crimen, tu voz resonará en los abismos de las penitenciarías y criminales empedernidos llorarán leyendo tus escritos. (...) No llores creyendo que vives en la soledad, tienes muchos espíritus que lamentan tus extravíos de otro tiempo y esperan anhelantes poder llegar a ti. Acorta la distancia que de ellos te separa con tu trabajo, con tu estudio, con tus deseos de practicar el bien. No te creas un desheredado, tienes una herencia fabulosa. ¿Sabes en qué consiste? En la perfectibilidad de tu espíritu. Tú puedes trabajar, tú puedes enseñar a los que saben mucho menos que tú: y en la misma Tierra, en ese mundo que ha sido para ti en esta existencia una calle de amargura, puedes crearte una familia numerosa.
»(...) Esto me decían los espíritus, y los directores de los periódicos espiritistas todos a una me aconsejaban que escribiera, que no desechara la inspiración que me daban los seres de ultratumba, que podía hacer mucho bien a la Humanidad difundiendo entre los humildes los destellos de la verdad suprema.»

La mediumnidad de Amalia era de inspiración y auditiva. Tal como le pronosticaron los espíritus, su mediumnidad nunca revistió el carácter de mecánica ni inconsciente. Amalia era consciente de lo que escuchaba o presentía, y las inspiraciones que recibía de los espíritus siempre las pasaba por el tamiz de la razón, a fin de que aquéllas se ajustaran a la lógica y a los hechos comprobados por el Espiritismo.
Entre las muchas comunicaciones que se obtuvieron en el Círculo Espiritista «La Buena Nueva», figuran en primer lugar las Memorias de un Espíritu, que empezaron los primeros días del año 1897 y concluyeron a mediados de 1899, relatos que despertaron algunas polémicas por el contenido histórico que conllevan; los editores Carbonell y Esteva los publicaron con el título Te perdono, en ocho tomos, en 1904.


En casa de Miguel Vives

Las comunicaciones que le llenaban de inocente alegría eran las de Miguel Vives, que de vez en cuando asistía a las sesiones de «La Buena Nueva».

«Me parecía que escuchaba a un apóstol del Cristianismo; retrocedía a los tiempos de Jesús y lentamente mi alma se iba acostumbrando a aquella atmósfera de reposo y humildad; pero cuando recibí una impresión inexplicable fue cuando asistí por primera vez a una sesión del Centro de Tarrasa. Miguel vivía entonces en una casita muy pequeña, y en una salita, en torno a una mesa redonda, nos reunimos catorce o dieciséis espiritistas.»

Allí recibió Amalia su primera comunicación familiar, del espíritu de su madre.
Esa tarde Amalia se encontraba profundamente triste. Empezó la sesión con muchas oraciones, entrando en un silencio y recogimiento muy profundo; el médium empezó a llorar (ése era Miguel Vives) sin que en su rostro se revelase la angustia y el sufrimiento, a lo que el director del trabajo le preguntó: «¿Quién eres, buen espíritu? ¿A quién buscas aquí?» Y él respondió: «A mi pobre hija.» En ese momento Amalia sintió una sacudida y una emoción muy profunda.

«Sí, hermanos míos, vengo a decirle a mi hija que no está sola en el mundo. Que jamás lo ha estado, ni en los momentos de mayor angustia, cuando ha pagado con mares de llanto una mínima parte de sus muchas culpas.
»Yo he velado su sueño, he guiado sus pasos, le he inspirado la repulsión que siempre ha sentido por todo lo que lleva el sello de la degradación.
»Yo la he apartado del abismo del suicidio, yo he murmurado en su oído: sufre y espera. Yo he conservado el fuego sagrado de su dignidad bajo las cenizas de la humillación y de la miseria, yo he sido siempre ¡su madre! Aquella que se extasiaba con sus caricias, que no vivía más que para su hija.
»¡Cuánto has sufrido, hija mía!... O mejor dicho, ¡cuánto hemos sufrido! Cuando tú te has caído las dos recibíamos daño, cuando te desesperabas al oír tus amargas quejas, yo también creía que Dios era injusto. Siempre en pos de ti, he vivido como tú en tinieblas. Yo no quería ver la grandeza del infinito viviendo tú en la sombra del dolor. Yo no quería hacer uso de las ventajas de mi desencarnación mientras tú estuvieras esclavizada con las esclavitudes de las dolencias, de la soledad y de la miseria.
»Yo quería hacerte libre despertando en ti un deseo, un anhelo, un afán de penetrar en lo desconocido, y trabajé incansable hasta hacer llegar a ti algo que te hablara de tu eterna vida, y que te impulsara al progreso. Yo quería que tuvieras una familia, y ya la tienes, ¡hija mía! Los espiritistas te quieren mucho: ¡Queredla, hermanos míos! Ayudadla en su penosa peregrinación. Ella os dirá cómo lloran muchos desgraciados, ella os contará interesantes historias, ella trabajará en medio de su inutilidad física y difundirá la luz de la esperanza entre los desvalidos y los infortunados. ¡Amadla, hermanos míos! Ella se cree sola desde que no se duerme en mis brazos, desde que no oye mi voz apartándola del peligro imaginario, compadeced a los huérfanos, y a los pobrecitos! ... ¡Sufren tanto!... Pero tú ya no eres huérfana, hija mía, porque sabes que yo vivo para ti, que podría estar muy lejos de la Tierra y tu aliento se confunde con mi aliento, porque sin ti, los mundos de la luz están para mí en el caos de la sombra. ¡Te quiero tanto!... Os lo vuelvo a repetir, hermanos míos, ¡amad a mi hija! Dadle el calor de vuestro cariño, que su alma está enferma de frío.
»Tiene miedo, mucho miedo de volver a sufrir lo que ha sufrido. Decidle que para ella no habrá más aislamiento, que habrá muchos desgraciados que buscarán sus consejos, decidle que ella dará muchas limosnas a los pobrecitos necesitados, decidle que en sus horas de melancolía se entregue a un asiduo trabajo, que nunca el desaliento se apodere de ella, que jamás la duda la arroje en el abismo de la desesperación, que ella puede borrar las manchas de su pasado conquistando con sus esfuerzos un porvenir glorioso. Sí, hija, mía, puedes enriquecerte con esas riquezas que nunca pierden su inmenso valor.
»Tú, que tanto me has querido, tú, que tan buenamente creías que sin mí te sería imposible la vida, consuélate con la certidumbre absoluta de que nunca me he separado de ti. La Tierra es mi cárcel porque tú estás en ella, no lo olvides nunca. Tú eres mi culto y mi religión, yo vivo por ti y para ti, para mí en el Universo no hay más que tú: bien he vivido y me he creado numerosa familia en el transcurso de muchos siglos, pero ninguno de mis deudos me atrae como tú. ¡Eres tan desgraciada!... ¡Te crees tan sola!... Trabaja en tu progreso, ¡hija mía!, que te va faltando la luz en los ojos y en el alma. ¡Yo te daré una nueva familia! ¡Yo le diré a los espiritistas que te amen, yo les inspiraré para que no te abandonen! ¡Tú no padecerás hambre! ¡Tú no sentirás frío! ¡Tú morirás rodeada de pobres que te bendecirán y acompañarán tus restos llorando con profundo desconsuelo. ¡Trabaja, hija mía! Trabaja sin descanso interpretando el pensamiento de los espíritus, que puedes hacer mucho bien a la Humanidad. No olvides los consejos de tu madre.»

Dice Amalia: «¡Cuánto bien me hizo mi madre con aquella comunicación! Entonces bendije la hora de haber llegado a Catalunya, y aprecié en todo su valor la hospitalidad del Círculo Espiritista de Gracia.»


Refutando los errores del catolicismo

Amalia se consagró a la divulgación de las ideas progresistas y reformadoras del Espiritismo frente a las nutridas huestes del oscurantismo imperante de su tiempo. Se puso en comunicación con los presos de las cárceles y prisiones del estado, proclamó la libertad de conciencia frente al dogma, desafió las iras clericales y, animada por su amigo Lluís, retó a duelo dialéctico a un ilustre jerarca de la Iglesia Católica, el canónigo don Vicente Manterola.
A finales de agosto de 1877, el Diario de Barcelona publicó un artículo calificando de monstruosidad el Espiritismo. Amalia lo contestó con su primer artículo polémico, que se publicó en La Gaceta de Cataluña. En la misma revista publicó los siguientes artículos:

- Uno, en abril de 1879, contestando al publicado en El Comercio de Barcelona contra el Espiritismo.
- Seis combatiendo los argumentos del canónigo de Toledo y ex-diputado carlista Vicente de Manterola, quien en noviembre de 1878 predicaba contra el Espiritismo en los templos de Santa Ana y Santa Mónica, de Barcelona.
- Otros siete contestando a La Revista Popular, la cual defendía a Manterola.

A partir de marzo de 1879, escribió 46 artículos, reunidos por el editor Joan Torrents en un libro titulado El Espiritismo refutando los errores del catolicismo romano, que editó el 5 de marzo de 1879. En ellos se contestaba al libro de Manterola titulado La cátedra de Satanás. Refutación de los errores de la Escuela Espiritista.


La Luz del Porvenir

El 22 de mayo de 1879 vio la luz el primer número del periódico La Luz del Porvenir, dirigido por Amalia Domingo Soler. El periódico salió debido a la insistencia de Lluís Llach y del editor Joan Torrents, que la convencieron para que aceptara la tarea de crear un periódico dirigido a la «mujer espírita». En el primer número salió el artículo «La idea de Dios», que fue denunciado a las autoridades y provocó la suspensión del periódico durante 42 semanas (volvió a publicarse el 11 de diciembre del mismo año, debido a un decreto del rey Alfonso XII). Durante la suspensión del periódico, fue publicado un sustituto, El Eco de la Verdad, que también fue denunciado por otro articulo («Los Obreros», de Cándida Sanz) y posteriormente absuelto.
Luego vinieron las réplicas por los ataques del padre Llanas, y más tarde del escolapio padre Sallarés, que dio una serie de conferencias en la catedral de Barcelona, sobre «el falso sobrenaturalismo de la secta espiritista. Amalia combatió sus argumentos escribiendo diez artículos que, además de aparecer en La Luz del Porvenir, también fueron publicados por el periódico El Diluvio.

«He seguido publicando La Luz del Porvenir con muchísimos apuros, luchando con el imposible del no tener; y a no ser por el noble desprendimiento de un espiritista al que no conozco personalmente, mi pobre Luz hubiera desaparecido del estadio de la prensa.»

Al cabo de 20 años de su publicación, cuando Amalia contaba 64 años, fue forzoso suspender su publicación. (Años más tarde, la Federación Espírita Española, organizada posteriormente, haría reaparecer La Luz del Porvenir, como órgano de la misma, hasta 1936.)


El Padre Germán

Otro hecho importante en la vida de Amalia fue cuando empezó a mantener contacto con el espíritu del Padre Germán, a partir del 9 de julio de 1879. Él le dijo que estaría para ayudarle en sus escritos y que sería su guía.
El Padre Germán fue el espíritu protector de Amalia. No siéndole suficiente la inspiración que recibía, ni las instrucciones que le daban los espíritus indirectamente en las sesiones, el Padre Germán se ofreció para asistir a Amalia en sus escritos: «De hoy en adelante, sin día determinado, ni hora fija, cuando hayas de hacer algún escrito que te parezca de mayor importancia que los demás, llama al médium, y yo te daré las explicaciones que sean necesarias para que tu tarea te sea más fácil.» Fue precisamente el Padre Germán quien alentó a Amalia para que escribiera sus Memorias, tal como la propia Amalia reconoce en dicha obra:

-Tienes que dejar una herencia a los pobres de la Tierra.
-¿Herencia? -repliqué con amarga ironía-. ¿Y qué quieres que deje yo a los pobres? Por razón natural moriré en un hospital o auxiliada por algunas mujeres piadosas que se verán con grandes apuros para costear la caja que encierre mis restos.
-La herencia a que yo aludo la puedes dejar de la misma manera sea cual sea el final de tu actual existencia.
-No te comprendo.
-Pues nada más sencillo ni más fácil que tu legado. Tú debes dejar escritas tus memorias. Debes decir a las mujeres que lloran lo mucho que tú has llorado. Les puedes enseñar del modo que encontraste una familia y cómo en medio del más horrible aislamiento te creaste amistades verdaderas y admiradores entusiastas. Es un deber que tienes que cumplir y lo cumplirás, y después de cumplido quedarás satisfecha de tu obra.
Por fin, al cabo de los años, y después de que el Padre Germán le reiterara su consejo, Amalia dio inicio a sus Memorias. Así fue como escribió el prólogo y el primer capítulo. Sin embargo, a la hora de iniciar el segundo, Amalia no se sintió con fuerzas para enfrentarse al sufrimiento que había vivido en su pasado. Ella consideraba que tal sufrimiento era una prueba evidente de su inferioridad, y esa inferioridad era para ella causa de tristeza. No obstante, nunca le faltó la asistencia de espíritus amigos que la sostuvieron en sus momentos de flaqueza. Y así fue como una noche, después de varios días de haber interrumpido sus Memorias, escuchó con claridad la voz de un espíritu que le dijo con tono de reconvención:

«¡Qué ingratos sois los terrenales! No recordáis más que las desventuras. ¡Qué pronto olvidáis las horas de placer!... Me diréis que son breves, pero, ¿dejan por esto de haber sonado en el reloj de vuestra vida? No. Se borrará de vuestra memoria un segundo de alegría borrado por un año de dolor, pero al sumar en la eternidad los instantes de una existencia, aparecerá el segundo de placer junto a la cifra de un lustro de dolor, sin perder su verdadera importancia aunque se necesite un microscopio de los más perfectos para encontrarlo.
»Te lamentas de tu infortunio, producto de tus desaciertos y de tu atolondramiento en todos los actos de tus existencias anteriores, pero entre tantísimas espinas, ¿no te acuerdas de haber encontrado una flor cuya dulcísima fragancia aún embalsama tu vida? ¿No te acuerdas del idilio de tu infancia? ¿En la aurora de tu actual existencia no contemplas la figura adorable de una mujer que fue el ángel de tu guarda, y que cuanto tiene de racional tu entendimiento todo se lo debes a ella? ¿Tan pronto has olvidado que te llevó en sus brazos con más satisfacción que si llevara al Salvador del mundo? ¿Es posible que ya no la veas velando tu sueño? Cuando lees y te entusiasmas con las obras escritas por los grandes genios, no se te ocurre decir: ¡Ella me enseñó a leer! ¡Ella inculcó en mi mente el amor a la Naturaleza! ¡Ella me hizo comprender la omnipotencia de Dios! ¿Acaso no merece tu madre una página en tus Memorias?»

Su desencarnación

Poco después de desaparecer La Luz del Porvenir desencarnó Lluís Llach. Amalia se hizo cargo de la dirección del Centro «La Buena Nueva».
Desencarnó el 29 de abril de 1909.
Sus restos mortales fueron depositados en el Cementerio libre de Monjuic, en la ciudad de Barcelona.


Algunas máximas de Amalia

«Tratar de ser espiritistas de razón y no de efecto.»
«Dios quiere trabajadores y no adoradores.»
«No se puede vivir sin amor.»
«La vida es un descubrimiento eterno.»
«El espíritu es un diamante eterno que pulimenta con la ciencia universal.»
«Venga la virtud como guía de los navegantes, y la ciencia como el Sol de las almas.»
«Del odio nace el lodo que encenaga al espíritu.»
«Nos hemos persuadido de que al encontrarnos los pobres en el camino de la vida no hemos de preguntarnos mutuamente en qué creemos, sino de qué manera ocupamos y empleamos nuestro tiempo. El nombre de la creencia religiosa, política, filosófica que tengamos, y a la cual ajustamos nuestros actos, es lo que en realidad tiene menos importancia: únicamente nuestros hechos son los que deben fotografiar nuestras creencias.»


Obras de Amalia Domingo Soler

Sus artículos son hoy, como fueron ayer, exposiciones claras y directas sobre Espiritismo, fieles intérpretes de la Ciencia Espírita codificada por Allan Kardec.
Desde el año 1873 hasta 1903, Amalia había entregado a la prensa más de 2.000 producciones (como indica en el prólogo de su libro Ramos de Violetas), las cuales fueron publicadas en periódicos de España y del exterior, algunos de los cuales fueron:
El Criterio y El Espiritismo, de Madrid; La Gaceta de Cataluña, La Luz del Porvenir y la Revista de Estudios Psicológicos, de Barcelona; La Revelación, de Alicante; El Espiritismo, de Sevilla; Las Ilustraciones Espíritas, de México; La Ley del Amor, de Mérida de Yucatán; La Revista Espírita, de Montevideo; La Constancia, de Buenos Aires; los Anales del Espiritismo, en Italia.

Sus libros publicados fueron:

El Espiritismo refutando los errores del Catolicismo Romano, editado el 5 de marzo de 1879 por don Joan Torrents. Recopilación de 46 artículos que publicó Amalia en La Gaceta de Cataluña, rebatiendo los discursos y artículos del canónigo don Vicente Manterola en contra del Espiritismo.

Memorias del Padre Germán. El espíritu del Padre Germán tuvo una decisiva influencia en la vida de Amalia, en su última encarnación, fue un sacerdote que vivió desterrado en una pequeña aldea y que destacó por su labor de consolar a los humildes y los oprimidos, desenmascarando al mismo tiempo a los hipócritas y a los falsos religiosos de la iglesia romana.
Se trata de relatos mediúmnicos que fueron recibidos a través del médium parlante Eudaldo en el Círculo «La Buena Nueva» durante el periodo del 29 de abril de 1880 al 10 de enero de 1884, y publicados semanalmente en la revista La Luz del Porvenir. El 25 de febrero de 1900 el impresor espiritista Joan Torrents tuvo el buen acuerdo de reunir en un libro las Memorias del Padre Germán, al que Amalia le añadió algunas comunicaciones del mismo espíritu.

Te perdono, memorias de un espíritu que fueron publicadas en 1904 en los últimos números de La Luz del Porvenir. Este libro contiene comunicaciones que fueron recibidas en «La Buena Nueva» por el espíritu de Iris, el cual relata varias de sus más interesantes encarnaciones, en las que se puede observar el progreso paulatino del espíritu.

Ramos de Violetas, editado el 3 de julio de 1903 en dos tomos. Colección de poesías y artículos espiritistas publicados en La Luz del Porvenir.

Sus Más Hermosos Escritos, contiene relatos de la vida cotidiana analizados a la luz del Espiritismo por Amalia.

Memorias de una mujer. Autobiografía de Amalia escrita en 1891. Tres años después de su desencarnación, el espíritu de Amalia las continuó dictando a la médium María, que colaboraba en el Círculo «La Buena Nueva» tras la desencarnación de Eudaldo. Narra el prólogo y detalles de sus impresiones en la vida del más allá. Se publicó el libro en 1913.

Hechos que prueban. Contiene 41 relatos que prueban la Ley de Reencarnación, y que fueron publicados en La Luz del Porvenir. Publicado en 1956.

Réplicas de Amalia, publicado en 1960 por la editorial del Ateneo de Propaganda Espiritista Allan Kardec, colección de ocho artículos polémicos desglosados de El Espiritismo refutando los errores del Catolicismo Romano, agotado desde hace muchísimo tiempo.

Cuentos Espiritistas. Vivencias de la propia autora que, a través de su lenguaje sencillo y humano, nos conmueve al introducirnos en el corazón de las verídicas historias que cuenta.

Las Grandes Virtudes. Historias destinadas a los niños, que les hablan sobre la modestia, la tolerancia, el amor, la caridad, la humildad, la voluntad, la templanza…


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